miércoles, 13 de junio de 2012

1.10.6

A pesar de que me limitaba a observar sus gestos y a sonreír, no sabía cuánto le agradecía que esa noche estuviera conmigo.
Solía sentarse en la ventana y fumarse un cigarro mientras se preguntaba a si mismo si eso era lo que parecía o si de verdad era la persona imperfecta que mi vida perfecta necesitaba en ese preciso momento.
Llevaba meses sin sentir una voz tan cerca, sin clavarme dentro del negro de unas pupilas buscando la respuesta a ese miedo incontenible.

Podéis llamarlo casualidad, complicidad o acierto. 

Hablábamos de un hombro, de un amigo a tiempo que llama a la puerta el domingo más triste de cada mes, o de ese tipo de cosas que salían por su boca y que se clavaban dentro sin posibilidad de retroceso.

Eran palabras. Alguna caricia también. Era el abrazo que me daba el que ponía mi mundo patas arriba.


Y ya sabes que dicen de los huracanesPasan, arrasan y se van.

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